Lamy: “El multilateralismo se halla en una encrucijada”
OMC, 26 de junio de 2012
“El multilateralismo se halla en una encrucijada. O avanza basándose
en valores comunes y una mayor cooperación, o asistiremos a un retroceso del
multilateralismo del que saldremos perdiendo. Sin cooperación mundial en
materia de finanzas, seguridad, comercio, medio ambiente y reducción de la
pobreza, seguirá habiendo un peligro real de división, confrontación y guerra”,
dijo el Director General, Pascal Lamy, en un discurso pronunciado el 26 de
junio de 2012 en la Humboldt-Viadrina School of Governance, en Berlín. El
Director General dijo lo siguiente:
Distinguidos invitados,
Señoras y señores:
Es motivo de gran satisfacción para mí esta oportunidad de tratar en
la Escuela de Gobernanza Humboldt-Viadrina una cuestión fundamental para la
gestión de la interdependencia en el mundo actual, a saber: ¿está el multilateralismo en crisis?
Es una pregunta muy válida en relación con el medio ambiente y la
sostenibilidad, como hemos visto recientemente en la Cumbre Rio+20, y es al
mismo tiempo importante en lo que respecta al comercio y otras cuestiones
económicas. La Cumbre del G-20 reunida
en Los Cabos (México) se centró precisamente en mejorar nuestra respuesta
colectiva a las actuales perturbaciones económicas. Es también una de las cuestiones
fundamentales en la situación imperante en la Unión Europea.
No me cabe duda de que nuestro debate de hoy aportará ideas
interesantes para nuestras próximas deliberaciones de este año.
Antes de ocuparme específicamente de los retos que afronta el
multilateralismo en la actual arquitectura internacional, quiero describir
brevemente el entorno económico en el que operamos.
Han pasado más de tres años desde el comienzo de la crisis de
2008-2009, y la economía mundial sigue muy frágil. El crecimiento mundial se mantiene por debajo
de su potencial. Las proyecciones de la
OMC indican que el crecimiento del comercio mundial seguirá perdiendo impulso
este año y bajará del 5 por ciento que alcanzó en 2011 al 3,7 por ciento. Los economistas de la OMC creen además que
existe todavía el peligro de que esa situación empeore aún más. El desempleo sigue estando a un nivel
inaceptable en muchas de nuestras sociedades.
Es incluso posible que se pierdan muchos de los logros alcanzados en los
últimos 10 años en la reducción de la pobreza.
El impacto de la crisis se siente no solo en los países desarrollados
sino también en el mundo en desarrollo.
La contribución de los países emergentes y en desarrollo al crecimiento
del comercio está disminuyendo. Se prevé
que la dinámica economía china crezca más lentamente en 2012. En la India, el crecimiento se está
desacelerando. Están disminuyendo las
exportaciones de muchos países pobres a sus principales mercados, la Unión
Europea y los Estados Unidos.
El lento ritmo de la recuperación económica hace temer que un goteo
constante de medidas comerciales restrictivas pueda socavar poco a poco los
beneficios de la apertura del comercio.
Aunque hasta el momento la OMC ha evitado el nacionalismo económico en
gran escala, tenemos que redoblar nuestra vigilancia en este frente. La historia nos enseña que las presiones
proteccionistas persistirán mientras las tasas de desempleo sigan siendo
inaceptables. Y la historia reciente nos
enseña también que el proteccionismo no protege. Dado que las exportaciones de un país son las
importaciones de otro, el proteccionismo sólo conduciría una espiral
descendente para todos: los que pierden
y los que dejan de ganar.
Aunque la crisis sigue siendo una amenaza, el mundo no ha permanecido
estático. Han surgido nuevos agentes
económicos y nuevas modalidades comerciales que han cambiado profundamente la
naturaleza del comercio y la interdependencia económica en general. El mapa mundial de las emisiones de gases de
efecto invernadero ha cambiado significativamente. La internacionalización de los procesos de
producción ha creado una mayor dependencia.
En los últimos 10 años, las economías en desarrollo y las economías
emergentes han pasado de representar una tercera parte a la mitad del PIB
mundial. El valor del comercio Sur-Sur
ha pasado del 10 al 40 por ciento del comercio total. La participación de los países en desarrollo
en las exportaciones mundiales ha pasado del 33 al 43 por ciento en los últimos
10 años, y las exportaciones de China han crecido a un asombroso ritmo de 20
por ciento anual. En las inversiones
extranjeras directas se observan cambios de composición similares. Aunque en el último decenio las entradas de
IED se han estancado a escala mundial, la participación de los países
emergentes y los países en desarrollo ha aumentado de cerca del 20 por ciento a
más del 50 por ciento.
La estructura del comercio mundial también está cambiando de forma
rápida y profunda. No hace aún mucho
tiempo se decía que un producto estaba “fabricado en China”, o “fabricado en
Alemania”. Actualmente, con la expansión
de las cadenas de valor mundiales, la mayoría de los productos se montan con
insumos procedentes de muchos países. En
otras palabras, los productos están ahora “fabricados en el mundo”. Con una tasa de crecimiento anual del 6 por
ciento, el comercio de bienes intermedios constituye hoy cerca del 60 por
ciento del comercio total de mercancías y ha pasado a ser el sector más
dinámico del comercio internacional.
También es importante el hecho de que ese comercio tiene lugar en
sectores de alta tecnología que generan empleos bien remunerados.
Es evidente que esa expansión de las cadenas de valor mundiales afecta
a las políticas comerciales y a la política propiamente, y exige una nueva
forma de explicar y concebir el comercio.
Si una parte considerable del comercio consiste en bienes intermedios,
la importancia de que los países mantengan abiertos sus mercados es aún mayor.
Una consecuencia importante de la integración de las redes de
producción es que las importaciones tienen la misma importancia que las
exportaciones y que ambas contribuyen a la creación de empleo y al
crecimiento. El valor añadido a lo largo
de las cadenas de producción mundiales nos obliga a reconsiderar la forma en
que medimos el comercio y nos obliga también a reflexionar sobre la utilidad de
interpretar, como se ha hecho tradicionalmente, las balanzas comerciales
bilaterales, que en esta nueva estructura tienen mucha menos importancia, al
menos para la adopción de políticas y medidas.
El mapa mundial de las emisiones de gases de efecto invernadero
también ha cambiado, y ya no se parece en lo más mínimo al que existía. Las emisiones del mundo en desarrollo están
aumentando rápidamente, y se cree que las de China son iguales o incluso ya
superiores a las de los Estados Unidos.
La Agencia Internacional de la Energía nos informa de que, aunque los
países de la OCDE redujeran sus emisiones a cero, el mundo probablemente
seguiría sin cumplir el objetivo de limitar el aumento de la temperatura a 2 grados
Celsius que la comunidad internacional está tratando de alcanzar. En un mundo que cambia tan rápidamente, la
cooperación internacional es esencial para hacer frente al cambio climático.
Lo mismo puede decirse de la cooperación macroeconómica. Como las sucesivas reuniones del G-20 han
demostrado, ya se trate de políticas monetarias, fiscales, de divisas, de lucha
contra los paraísos fiscales o de regulación de las actividades financieras,
para ir por el buen camino se requiere la cooperación de todo el mundo.
Sin embargo, aunque han surgido nuevas tendencias económicas y
políticas, las normas que rigen el comercio internacional no han seguido el
ritmo de esos cambios. Vivimos en efecto
en gran medida con las normas mundiales que se crearon en la década de 1990,
que fue el último período de gobernanza mundial activa.
En 2001 los gobiernos iniciaron una nueva ronda de negociaciones
comerciales multilaterales, reconociendo así la necesidad de que esas normas
reflejaran mejor los rápidos cambios que estaban teniendo lugar en el
comercio. Al cabo de más de 10 años,
pese a tenaces negociaciones, los Ministros admitieron el pasado mes de
diciembre que la Ronda de Doha, en su configuración actual, está estancada.
Lo mismo puede decirse con respecto al cambio climático y, de manera
más general, a la cooperación en cuestiones de sostenibilidad. La Cumbre de Rio de 1992 marcó un punto
álgido en la cooperación mundial al dar lugar a nuevas convenciones sobre el
cambio climático, la biodiversidad y la desertificación. Veinte años después, la familia de las
Naciones Unidas reunida en Rio la semana pasada encontró difícil apuntar logros
concretos en lo que algunos han llamado la Cumbre Rio+20.
Unos días antes, reconociendo la necesidad de confianza y seguridad de
los mercados, la Cumbre del G-20 reunida en Los Cabos hizo esfuerzos decididos
por enviar un mensaje común en forma de medidas concertadas para abordar los
retos del crecimiento, la consolidación fiscal y la regulación financiera,
entre otras cosas. Pero lo más que puede
decirse es que los progresos son lentos y que sigue siendo necesaria una mayor
precisión, empezando por la zona euro.
De hecho, las dificultades que se observan en la UE son un reflejo de
los problemas del sistema multilateral, porque Europa sigue siendo un
microcosmos del mundo. La gobernanza
mundial -el marco jurídico e institucional para administrar una
interdependencia y una interconexión mundiales cada vez mayores- se asienta,
como el edificio de la Unión Europea, en un delicado equilibrio entre
disciplinas, solidaridad y legitimidad.
Y aunque la profundidad de la integración es menor al nivel mundial, los
mecanismos y la dinámica de ese equilibrio no son diferentes.
Permítanme poner dos ejemplos.
El primero se basa en mi propia experiencia en la Ronda de Doha de
negociaciones comerciales; el segundo
guarda relación con las medidas multilaterales para abordar el cambio
climático.
El GATT, que fue el antecesor de la OMC, se basó en el concepto del
“trato especial y diferenciado” para los países en desarrollo. En términos generales, ese concepto implicaba
que los países desarrollados se comprometían a abrir sus mercados, pero no se
esperaba de los países en desarrollo que lo hicieran en la misma medida. Ese arreglo era reflejo del equilibrio entre
disciplinas, solidaridad y legitimidad en el sistema multilateral de comercio
anterior a la OMC.
Sin embargo, en los últimos años la tasa de crecimiento de algunos
países en desarrollo ha producido un gran cambio en la economía mundial y ha desequilibrado
el sistema de comercio. Para algunos,
las economías emergentes han alcanzado un nivel de desarrollo que justifica una
mayor reciprocidad en las obligaciones, mientras que para otros la diferencia
de ingresos con respecto a los países avanzados hace que la imposición de las
mismas disciplinas resulte injusta. La
incapacidad de encontrar un nuevo equilibrio en el sistema multilateral de
comercio ha hecho que sea hasta ahora imposible concluir la Ronda de Doha.
Al tratar de alcanzar un acuerdo sustantivo para una respuesta mundial
al cambio climático se afrontan dificultades similares en muchos aspectos. En la Declaración de Rio, suscrita en la
Cumbre de la Tierra de 1992, se reconoció que, aunque todos los países tienen
la responsabilidad de hacer frente al cambio climático, no todos han
contribuido en la misma medida a causar el problema, ni cuentan con los mismos
medios para combatirlo.
El principio de las “responsabilidades comunes pero diferenciadas” se
introdujo en el Protocolo de Kyoto de 1997, por el que se establecieron
compromisos específicos y vinculantes de reducción de las emisiones para los
países desarrollados. Los países en desarrollo
no asumieron ningún compromiso vinculante.
El reto que afrontan actualmente los negociadores sobre el cambio
climático es llegar a un acuerdo sobre una respuesta multilateral al cambio
climático cuando expire el primer período de compromiso del Protocolo de Kyoto,
en un mundo en que el crecimiento de los países en desarrollo ha superado al de
los países desarrollados.
En los dos últimos años ha surgido una actitud preocupante en relación
con el multilateralismo. En marcado
contraste con las exhortaciones a una coherencia mayor y más profunda de las
normas internacionales que predominaron en los titulares al estallar la crisis
financiera mundial en 2008, la cooperación internacional se ha visto reducida a
una situación cada vez más precaria.
Los que observan con cinismo las relaciones internacionales dirían
que, en los últimos 10 años, en el esfuerzo internacional por forjar acuerdos
jurídicamente vinculantes no ha cesado de reducirse el umbral de expectativas,
hasta el punto de que convenir en seguir hablando se considera un resultado
satisfactorio.
Con arreglo a ese criterio, el hecho de que las conversaciones sobre
el cambio climático celebradas el pasado año en Sudáfrica, la Octava
Conferencia Ministerial de la OMC celebrada en Ginebra, la reciente
Decimotercera Conferencia de la UNCTAD, la Cumbre del G-20 de México y la
Cumbre de Rio+20 no acabaran en una agria disputa puede considerarse un
importante logro para el multilateralismo.
A mi juicio, en esa actitud cínica no se tienen en cuenta las lecciones
fundamentales sobre cooperación internacional que aprendimos en el siglo
pasado, y se pasa por alto el hecho de que para la mayoría de los países, el
aumento del multilateralismo y de la cooperación internacional sigue siendo la
única forma sostenible de avanzar.
Es indudable que los cambios de los últimos años imponen una
reconfiguración, un reexamen y un ajuste de la cooperación multilateral tal
como la hemos conocido hasta ahora, incluso en la OMC. La proliferación de diferentes coaliciones y grupos
informales de países y de la sociedad civil, como el G-8+, el G-8+5, el G-20,
el B-20 y el L-20, por nombrar sólo algunos, es síntoma de que las relaciones
internacionales están actualmente en constante evolución.
Sin embargo, creo que la eficacia de esos grupos dependerá de que sean
suficientemente representativos para hacer frente a los retos cada vez más
complejos que tenemos ante nosotros. No
se puede construir una economía mundial estable sin incluir en el proceso de
adopción de decisiones a todos los sectores interesados. Es necesario ajustar la arquitectura de la
gobernanza mundial, y asegurar que las instituciones internacionales que la
representan sean más inclusivas y ágiles para lograr así una cooperación
multilateral mejor y más coherente.
Creo por sobre todo que mientras la crisis siga afectando gravemente a
los sistemas nacionales será muy difícil lograr un multilateralismo
profundo. De hecho, en un concierto
internacional que sigue siendo westfaliano, un sistema multilateral sólido requiere
ante todo sistemas nacionales sólidos, ya que la clave del consenso sigue
residiendo en el interior del Estado nación.
En contra de lo que suele creerse, los acuerdos internacionales
necesitan un fuerte impulso político en el seno de los países que los
firman. Requieren un firme liderazgo
político porque dependen de la capacidad de asegurar la opinión pública
nacional. Se trata de fraguar soluciones
que benefician a unos, pero perjudican a otros.
Y así seguirá siendo mientras la legitimidad de los sistemas nacionales
sea débil en comparación con la de los sistemas nacionales.
Esta situación es peligrosa, porque existe el peligro de caer en un
círculo vicioso: para salir antes de la
crisis es preciso un firme liderazgo que haga posible forjar los acuerdos de
cooperación internacional necesarios.
Pero el descontento generado por las dificultades económicas y sociales
merma la legitimidad de los gobiernos, y se reduce así la capacidad de actuar
conjuntamente, lo que, a su vez, prolonga la crisis hasta caer en el síndrome
de “demasiado poco y demasiado tarde”.
Esta es, en gran medida, la situación en que se encuentra actualmente
Europa.
Creo que el multilateralismo se halla en una encrucijada. O avanza basándose en valores comunes y una
mayor cooperación, o asistiremos a un retroceso del multilateralismo del que
saldremos perdiendo. Sin cooperación
mundial en materia de finanzas, seguridad, comercio, medio ambiente y reducción
de la pobreza, seguirá habiendo un peligro real de división, confrontación y
guerra. No bastará con esperar a que
lleguen tiempos mejores. Ponernos de
acuerdo en no hacer nada equivaldría simplemente a ponernos de acuerdo en
aumentar nuestro sufrimiento. Tenemos
que ser más audaces para hacer frente juntos a peligros cada vez más graves.
Muchas gracias.
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