OMC–Lamy–Gobernanza
Mundial
19
de febrero de 2011
Lamy:
“Hay que encontrar ya soluciones pragmáticas para mejorar la gobernanza
mundial”.
El
Director General, Pascal Lamy, en un discurso pronunciado en el Instituto
Universitario Europeo de Florencia el 19 de febrero de 2011, dijo que “el mundo
actual se enfrenta a grandes desafíos mundiales... hay que encontrar ya
soluciones pragmáticas para mejorar la gobernanza mundial y la forma de abordar
los problemas que afectan a nuestro mundo”. El Director General dijo lo
siguiente:
Señor
Presidente,
Distinguidos
invitados,
Señoras
y Señores:
Siento
una profunda satisfacción por encontrarme hoy aquí en la clausura de esta
conferencia sobre “La gobernanza de bienes públicos interdependientes en
múltiples niveles”. Desde su fundación a
comienzos de los años setenta, el Instituto Universitario Europeo de Florencia
se ha mantenido fiel a los valores que inspiraron su fundación, como centro de
vanguardia en la investigación sobre los problemas de la gobernanza y la integración
europeas. El Instituto, firmemente
anclado en Europa pero abierto al mundo, es un observatorio privilegiado
respecto de los problemas de la gobernanza.
¿Qué otro lugar podría ser mejor que éste para reflexionar sobre la
cuestión de la gobernanza mundial?
Pero
antes de abordar el tema de hoy, quisiera rendir tributo a un gran italiano, un
gran europeo y gran amigo del Instituto Universitario Europeo: Tommaso Padoa-Schioppa, que se interesó muy
profundamente en el problema de la gobernanza mundial y que, según entiendo, ha
legado sus archivos a este Instituto.
La
gobernanza mundial es un problema complejo, y no tengo dudas de que los dos
días de deliberaciones que acaban de tener ustedes así lo confirman. Una parte de la dificultad, cuando se reflexiona
sobre ese tema, reside en la brecha que separa la teoría de la práctica.
¿Qué
nos dice la teoría dominante? Que el
sistema internacional está fundado en el principio de la soberanía
nacional. Que el orden de Westfalia
sigue siendo la base de la arquitectura internacional, y que una gobernanza
mundial sólo puede resultar de la acción de Estados soberanos. En otras palabras: que la gobernanza mundial es la globalización
de la gobernanza local. Esta teoría, que
no ha cambiado sustancialmente en siglos, está basada en la transitividad de la
coherencia y de la legitimidad: puesto
que los Estados son coherentes y son legítimos, la gobernanza mundial
forzosamente ha de ser también coherente y legítima.
Lamentablemente,
no es esto lo que nos dice la práctica.
No basta con crear organizaciones internacionales para asegurar un
enfoque coherente al abordar los problemas mundiales de nuestro tiempo. Lo que me han enseñado mis cinco años en la
OMC es que, cuando se trata de la acción internacional, los Estados muchas
veces son incoherentes. La mano derecha
no sabe lo que está haciendo la mano izquierda.
Tampoco la circunstancia de que las organizaciones estén “conducidas por
sus miembros” basta para garantizar su legitimidad a ojos de los ciudadanos.
Para
zanjar la “brecha de la coherencia”, se ha intentado tender puentes jurídicos
entre organizaciones internacionales. Se
han construido puentes sólidos y claros, por ejemplo, entre la OMC y la
Organización Mundial de la Propiedad Intelectual.
Pero
tal cosa sigue siendo la excepción y no la regla. Los puentes jurídicos entre organizaciones
internacionales son a menudo muy débiles.
Así ocurre en materia de medio ambiente, donde los puentes jurídicos que
existen son endebles; aunque hay
negociaciones en curso como parte del Programa de Doha para el Desarrollo para
tratar de fortalecerlos. En algunos
casos esos puentes jurídicos han sido superados por los acontecimientos, y hay
quienes ponen en tela de juicio su pertinencia, como ocurre entre la OMC y el
FMI. El artículo XV del GATT, que
estipula que los Estados Miembros no pueden adoptar ninguna medida en materia
de cambio que vaya en contra de sus compromisos de apertura del comercio, tenía
mucho sentido en el régimen de tipos de cambio fijos. Pero hoy ya no tenemos tipos de cambio fijos.
En
cuanto a los puentes jurídicos entre la OMC y la Organización Internacional del
Trabajo, son poco menos que inexistentes.
¿Por qué ocurre esto? Ya lo han
comprendido ustedes: ¡porque los Estados
Miembros se han opuesto a construir esos puentes! Volvemos al problema de la coherencia. Las organizaciones internacionales podrán
empeñarse al máximo en obrar “unidos en la acción”, para aludir a la conocida
iniciativa que hace pocos años pusieron en marcha las Naciones Unidas; pero estamos todavía por ver a los “Estados
miembros unidos en la acción” en las diversas organizaciones que forman el
sistema internacional.
Lo
que muestran estos pocos ejemplos es que la teoría y la práctica no
concuerdan. Y cuando la práctica desmiente
a la teoría, ésta tiene que evolucionar.
Pero no podemos esperar a que se elabore y se acuerde una nueva teoría
completa y satisfactoria. El mundo de
hoy está enfrentado con grandes desafíos globales. No podemos permanecer pasivos contemplando lo
que ocurre ante nuestros ojos.
Necesitamos avanzar. Es preciso
encontrar soluciones prácticas ahora para impulsar la gobernanza mundial y
abordar mejor los problemas que se presentan a nuestro mundo.
Si
se observa la gobernanza desde el punto de vista práctico, hay tres elementos
que son indispensables. En primer lugar,
la gobernanza tiene que suministrar una conducción, ser la encarnación de una
visión, de energía política, de impulso.
En segundo lugar tiene que dar legitimidad, lo que es esencial para
asegurar que todos sientan como propias las decisiones que conducen al
cambio; para evitar la tendencia
intrínseca a resistir toda modificación de la situación imperante. Por último, un sistema legítimo de gobernanza
también debe garantizar la eficiencia.
Debe generar resultados que beneficien a la gente con un costo
razonable.
Estos
tres elementos condicionan un cuarto elemento cuya importancia, decisiva a mi
juicio, ya han comprendido ustedes: la
coherencia. Un buen sistema de
gobernanza no puede referirse a una situación en que la mano derecha ignora lo
que está haciendo la izquierda. Menos
aún puede referirse a que una y otra actúen en direcciones opuestas.
A
nivel nacional, los tres elementos que acabo de mencionar -la conducción, la
legitimidad y la eficiencia- están en las mismas manos: en manos de los “gobiernos”. Pero en el plano internacional, hacer
realidad esos tres elementos es mucho más complejo. ¿Quién dirige? ¿Es posible garantizar la legitimidad por
otros medios que no sean el voto emitido por los ciudadanos? Las organizaciones internacionales
especializadas, dispersas por todas partes, ¿son eficientes? Mal puede causar extrañeza, en tales
circunstancias, que la creación de una gobernanza mundial coherente constituya
un verdadero problema ....
Sin
embargo, existe un lugar en que el Rubicón de la supranacionalidad ha sido
franqueado y se han puesto a prueba formas nuevas de gobernanza: Europa.
Hace más de medio siglo, Jean Monet dijo lo siguiente: “Las naciones soberanas del pasado ya no son
el marco dentro del cual pueden resolverse los problemas del presente. Y la propia Comunidad no es más que una etapa
hacia las formas de organización del mundo de mañana.” Estas palabras eran tan ciertas entonces como
siguen siéndolo hoy.
El
proceso de integración europea es la historia de una interdependencia deseada,
definida y organizada entre sus Estados miembros. Es la historia de 50 años de integración
institucional encaminada a reunir, en el plano regional, los tres elementos de
la conducción, la eficiencia y la legitimidad.
A través de la creación de un órgano supranacional, la Comisión Europea,
que tenía el monopolio de promover nuevas normas legislativas —que habrían de
tener precedencia sobre las leyes nacionales— y la facultad de aplicar
políticas. A través del Tribunal de
Justicia de las Comunidades Europeas, cuyas decisiones son vinculantes para los
jueces nacionales. A través, también, de
un Parlamento formado por un Senado de Estados miembros y una cámara baja
elegida por los ciudadanos europeos y que ha ido ampliando sus facultades a lo
largo de los años.
Esta
maquinaria institucional hizo de la Unión Europea una entidad económica y
política radicalmente nueva en la escena de la gobernanza internacional. La dotó de las armas necesarias para
demostrar capacidad de conducción y aplicar políticas y proyectos que se han
convertido en verdaderos éxitos. Pienso,
al decirlo, en la creación del mercado interior en 1992 y la del euro a finales
de los años noventa.
El
cuadro resulta más matizado en lo referente a la conducción externa, es decir,
la capacidad de influir en los asuntos mundiales. Europa puede ejercer su capacidad de
dirección cuando puede hablar “por una sola boca” y no, como a menudo se
formula, con una única voz, como ocurre en el comercio internacional, en que la
Unión Europea se ha forjado la posición de un protagonista fundamental del
sistema multilateral de comercio. En
términos generales, en lo que respecta a la capacidad de dirección y la
eficiencia, Europa ha logrado a mi juicio resultados bastantes notables. Es una opinión que comparten muchos europeos,
si hemos de creer encuestas recientes que califican a la Unión Europea mejor
que a los gobiernos nacionales por la forma en que ha hecho frente a la crisis.
Donde
la Unión Europea no logra resultados igualmente buenos es respecto de la
legitimidad. Estamos presenciando un
distanciamiento creciente entre la opinión pública europea y el proyecto
europeo. Habría podido esperarse que la
estructura institucional europea, en la que se otorgan poderes cada vez mayores
al Parlamento Europeo, daría lugar a una mayor legitimidad; pero contradice esta visión la participación
cada vez menor en las elecciones al Parlamento Europeo. En teoría no hay ningún déficit democrático. Los permanentes esfuerzos para adaptar las
instituciones europeas a las necesidades democráticas, a lo largo de estos 50
años, no han generado ningún resplandor democrático. El euroescepticismo está en alza. Europa sigue tropezando con el problema de la
legitimidad.
¿Qué
puede enseñarnos en materia de gobernanza mundial el proceso de integración
europea concebido por sus fundadores, que fue el sistema de gobernanza
multinacional mejor logrado? Permítanme
que exponga unas pocas ideas prácticas sobre un posible modo de avanzar.
En
primer lugar, la experiencia europea nos muestra que la gobernanza
supranacional puede funcionar.
No
sin dificultades, desde luego; y es muy
improbable que lo realizado a nivel europeo pueda reproducirse en el plano internacional. Las cartas son diferentes. El paradigma europeo se elaboró en
condiciones de temperatura y presión muy específicas. Fue modelado por la herencia histórica y
geográfica del continente europeo, un continente asolado por dos guerras
mundiales y el fantasma del Holocausto con sus millones de muertos. Había, por ello, ansia de paz, estabilidad y
prosperidad.
Tengo,
sin embargo, la firme convicción de que es posible encontrar un modo de
articular mejor los tres elementos de la gobernanza en el plano mundial a
través de lo que he llamado el “triángulo de la coherencia”.
En
uno de los lados del triángulo se sitúa hoy el G-20, que reemplaza al anterior
G-8 y proporciona la conducción política y la orientación. El segundo lado del triángulo son las Naciones
Unidas, que facilitan un marco para la legitimidad mundial a través de la
rendición de cuentas. En el tercer lado
están las organizaciones internacionales, impulsada por sus miembros, que
aportan su experiencia y su contribución especializada, ya se trate de normas,
de políticas o de programas.
El
hecho positivo es que este “triángulo” de gobernanza mundial se está
manifestando. Han comenzado a tenderse
puentes que enlazan el G-20 con organizaciones internacionales y con el sistema
de las Naciones Unidas. Yo mismo
participo en reuniones del G-20, junto con los jefes ejecutivos de otras
diversas organizaciones internacionales.
En las reuniones en la cumbre del G-20 se han organizado periódicamente
sesiones dedicadas específicamente al comercio que nos han dado, en la OMC, el
impulso político que necesitamos para llevar adelante nuestro programa. El respaldo político del G-20 me permitió,
cuando se iniciaba la crisis financiera de 2008, poner en marcha un sistema
fortalecido de vigilancia de la evolución política, que resultó un instrumento
útil y poderoso para contener el proteccionismo.
También
se han adoptado varias iniciativas para afianzar los vínculos entre el G-20 y
las Naciones Unidas. Joseph Deiss,
Presidente de la Asamblea General de las Naciones Unidas, organizó
deliberaciones oficiosas en la Asamblea con las presidencias del G-20, antes y
después de la última reunión en la cumbre que ésta celebró en Corea del
Sur. Fueron deliberaciones oficiosas en que
participó el Secretario General de las Naciones Unidas. Están previstos nuevos debates de ese tipo,
antes y después de la próxima reunión del G-20.
Además, se programa para junio un debate oficioso de la Asamblea General
sobre la gobernanza mundial, destinado a estudiar medios para revitalizar el
Consejo Económico y Social de las Naciones Unidas.
Una
renovación de ese Consejo, a mi juicio, representaría un apoyo muy valioso al
proyecto de “Unidad en la acción” que el Secretario General puso en marcha hace
algunos años para promover la coherencia en el sistema de las Naciones
Unidas. Constituiría una combinación
poderosa de dirección, amplitud y dinamismo para lograr una gobernanza mundial
más coherente y eficaz. A más largo
plazo necesitaríamos que tanto el G-20 como los organismos internacionales
rindieran cuentas al “parlamento” de las Naciones Unidas.
El
proceso, por lo tanto, está en marcha.
Tal vez no sea exactamente “al estilo de Montesquieu”. Acaso se desarrolle más en una modalidad
informal y de redes. Se están
organizando mecanismos de información y de intercambio. Paralelamente, también se están realizando
mejoras para fortalecer los tres lados de la gobernanza mundial.
Se
ha fortalecido la capacidad de dirección haciéndola más representativa. El G-20 comprende ahora a países de América
del Norte y del Sur, Europa, África, el Golfo, Asia y Oceanía.
La
eficiencia se está impulsando mediante la creación de mecanismos de cooperación
entre organizaciones internacionales, como la Junta de Jefes Ejecutivos de las
Naciones Unidas, que preside el Secretario General de la Organización, en la
que se reúnen dos veces por año los jefes de todos los organismos de las
Naciones Unidas, de las dos instituciones de Bretton Woods (el Banco Mundial y
el FMI) y la OMC.
Han
florecido iniciativas conjuntas. La OMC,
por ejemplo, desarrolla diversas actividades de cooperación técnica en
colaboración con el PNUD, la UNCTAD, la OMPI y el Banco Mundial. Coordina la prestación de asistencia técnica
con otras organizaciones internacionales a través de la iniciativa de Ayuda
para el Comercio y el Marco Integrado mejorado.
Ha publicado varios estudios conjuntos:
con el PNUMA sobre “comercio y cambio climático”; con la OIT sobre “comercio y empleo” y sobre
”la globalización y el empleo informal”;
y, más recientemente, con la OCDE, la OIT y el Banco Mundial sobre el
“aprovechamiento de los beneficios del comercio para el empleo y el
crecimiento”, destinado a la preparación en la reunión en la cumbre del G-20 en
Seúl. También participamos en el Equipo
de Tareas de Alto Nivel sobre la crisis alimentaria mundial, establecido en
2008 por el Secretario General de las Naciones Unidas. Otra iniciativa reciente que merece
mencionarse es la conferencia del FMI y la OIT que se celebró en Oslo en agosto
del año pasado para discutir la forma de acelerar una recuperación de la crisis
que favorezca el empleo. Todas estas
iniciativas tienen un objetivo: fomentar
la coherencia y la eficiencia de nuestras actividades en el plano mundial.
Por
último, la legitimidad de las organizaciones internacionales ha mejorado
gracias a un reajuste de los derechos de voto en el Banco Mundial y el
FMI. Se trata de un hecho positivo,
aunque hará falta más que eso. La
legitimidad de las organizaciones internacionales sigue siendo intrínsecamente
westfaliana. Se basa en la democracia
estatal, y solo confiere lo que yo llamaría “legitimidad secundaria”, para
diferenciarla de la “legitimidad primaria” que resulta de la participación
directa de la ciudadanía. El problema
específico de la legitimidad en la gobernanza mundial consiste en el
procedimiento por el que se adoptan las decisiones en el plano internacional,
que se ve como demasiado distante, irresponsable y no susceptible de medios
directos de impugnación.
Va
surgiendo, pues, poco a poco, una arquitectura de la gobernanza mundial. Ciertamente, esa arquitectura sigue siendo
incompleta en cuanto a su alcance.
Algunas cuestiones, como el régimen impositivo y las migraciones, siguen
estando en gran medida fuera del ámbito de la gobernanza mundial. Pero también aquí las cosas están
cambiando. Por ejemplo, la cuestión de
los paraísos fiscales está siendo abordada en la OCDE. Podrá ser un paso pequeño, pero no es
insignificante. La gobernanza mundial no
puede construirse de la noche a la mañana.
Se construye paso a paso.
¿Cuál
es la segunda enseñanza que nos ofrece la experiencia europea? Que hay tres ingredientes indispensables para
el éxito de un proceso de integración:
valores compartidos, un objetivo común y una estructura institucional. Las instituciones no pueden resolver el
problema por sí solas. Lo demuestra la
experiencia que hemos acumulado hasta ahora en materia de gobernanza mundial. Tampoco puede lograr resultados un proyecto
común meticulosamente elaborado si le falta una estructura institucional.
La
experiencia muestra que cuando están presentes dos de estos tres elementos, el
tercero les sigue. El éxito del proceso
de integración económica de Europa es fruto de la conjunción de valores
compartidos y un objetivo común. Es la
combinación de esos dos elementos lo que condujo al establecimiento de una
estructura institucional. La creación
del euro es un proyecto cuya maduración llevó 30 años, entre el informe Werner
de 1969 y el de Jacques Delors sobre la Unión Económica y Monetaria. Se realizó entonces una opción clara conforme
a la cual la política monetaria tenía por objetivo primordial asegurar la
estabilidad de los precios. La
estructura institucional siguió, entonces, con relativa rapidez: la creación del Banco Central Europeo, la más
federal de las instituciones europeas, se decidió en apenas tres semanas.
Del
mismo modo, el desarrollo de normas sólidas de comercio multilateral resultó
posible gracias a la existencia de valores compartidos (la convicción de que la
apertura del comercio es conveniente, convicción que está consagrada en el
artículo 133 del Tratado de Roma) y una estructura institucional.
Entonces,
¿qué nos falta en el caso de la gobernanza mundial? Ya contamos con un conjunto de estructuras
institucionales en algunas esferas, pero no están apuntaladas todavía por un
conjunto suficientemente firme de valores y principios básicos. Allí hay, a mi juicio, una carencia de la
gobernanza mundial.
Cabría
aducir que la aprobación de la Carta de las Naciones Unidas en 1945 marcó el
surgimiento de ese conjunto de valores y principios mundiales. Es un conjunto que se ha fortalecido, con el
transcurso del tiempo, con la aprobación de diversas declaraciones y pactos,
como la Declaración Universal de Derechos Humanos de 1948 y los Pactos
Internacionales de Derechos Económicos, Sociales y Culturales y de Derechos
Civiles y Políticos, de 1966. Pero esta
plataforma de valores se desarrolló en una época en que la globalización no
tenía un entramado tan sólido como el que hoy tiene, y su aplicación sigue
siendo muy irregular en muchos aspectos.
Hace falta ajustarla y fortalecerla.
Eso
es precisamente lo que la Canciller de Alemania, Angela Merkel, ha propuesto
con la creación de una Carta para la Actividad Económica Sostenible. Se trata de un encomiable esfuerzo para
establecer un “nuevo contrato económico mundial”, para anclar la globalización
económica fijándola sólidamente a valores y principios éticos, para renovar la
confianza que los ciudadanos deben tener en que la globalización puede actuar
efectivamente en su beneficio. Es una
señal muy propia de nuestro tiempo que esta iniciativa provenga de Berlín, en
Alemania, que es hoy un país reunificado en el corazón de Europa.
Por
último, la tercera y última de mis sugerencias sería seguir alentando y prestar
mayor atención a los procesos de integración regional, que permiten una
familiarización gradual con la supranacionalidad. La integración regional nos permite abordar
los problemas de nuestro tiempo en un nivel en que la affectio societatis es
más firme. En un nivel en que el
sentimiento de pertenencia es más sólido.
Porque no puede haber gobernanza sin ese sentimiento. La integración regional representa el paso
intermedio esencial entre el nivel nacional y el nivel mundial de la
gobernanza.
La
gobernanza supone, ya sea a nivel nacional, regional o internacional, un
sentimiento compartido de realización de un empeño común, de pertenencia a una
comunidad que la necesita. Un
sentimiento de “estar juntos”. Un sentimiento
que condiciona la aceptación de las restricciones impuestas en nombre de esa
pertenencia. Un sentimiento que
encuentra sus raíces en valores compartidos, una historia común y una herencia
cultural colectiva. Un sentimiento, sin
embargo, que se vuelve más etéreo y más volátil a medida que se acentúa la
distancia de los sistemas de poder.
He
tenido, en mi vida profesional, la oportunidad de trabajar en tres niveles
diferentes de la gestión pública, que a menudo he comparado con los tres
estados físicos de la materia: el nivel
nacional, que a mi juicio representa el estado sólido; el nivel europeo, que es líquido; y ahora el plano internacional, que se parece
más al estado gaseoso. La dificultad que
hoy se plantea con la gobernanza mundial es tratar de pasar de su actual estado
gaseoso a un estado más sólido.
En
otras palabras, y estos serán mis pensamientos finales: la solución no consiste en globalizar
problemas locales, como sugiere la teoría;
consiste en localizar problemas mundiales; hacerlos más aceptables para los ciudadanos a
fin de reforzar el sentimiento de pertenencia al que acabo de referirme.
Para
volver a algo que mencioné antes: la
“legitimidad secundaria”, que se basa en asambleas de Estados nacionales
soberanos, es demasiado débil para atender las necesidades de la gobernanza
mundial. Lo que importa realmente es la
“legitimidad primaria”: la soberanía del
pueblo. El problema de cómo afianzar esa
legitimidad primaria de la gobernanza mundial sigue siendo, en mi opinión, el
principal problema político que tenemos planteado.
A
esta altura, el único camino que puedo percibir consiste en llegar a la
sociedad civil, los sindicatos, los partidos políticos y los parlamentarios
para discutir y deliberar con ellos sobre los problemas mundiales que se nos
plantean. Necesitamos una gobernanza
mundial. Pero esa gobernanza mundial
necesita ciudadanos mundiales. Necesita
ciudadanos que estén imbuidos de la sensación de “estar juntos”, el sentimiento
de pertenencia a una comunidad mundial. ¿Cuántas personas, al preguntárseles de qué
país provienen, contestarían hoy como lo hizo el filósofo de la antigua Grecia
Diógenes de Sinope: “Soy un ciudadano
del mundo”? Al no existir elecciones
mundiales, es preciso que el debate sobre la gobernanza mundial se lleve más
cerca de la conciencia de los ciudadanos para forjar ese sentimiento de “estar
juntos” que hoy falta. Llevar ese debate
sobre la gobernanza mundial más cerca de los ciudadanos contribuiría también a
una mayor coherencia a nivel mundial.
Haría que los gobiernos fueran más responsables en lo que respecta a la
coherencia.
Las
modernas tecnologías de la información pueden ayudarnos a realizar esta
ambiciosa transformación que genere un sentimiento de “estar juntos”. Son instrumentos poderosos para contribuir a
crear una “organización política”, como acabamos de ver en Túnez y Egipto. Pero también necesitamos una mayor
contribución de las ciencias sociales.
No solo de la economía y el derecho, o la ciencia política; también de la sociología, la psicología o la
antropología. Y las academias, como la
que hoy nos acoge, pueden hacer un aporte invalorable a la forja de esa nueva
“organización política”. Queremos un
mundo que esté impulsado por ideas y no por instintos. Entonces, señoras y señores, va un pedido
para ustedes: por favor, aporten su
empeño y ayúdennos a todos.
Muchas
gracias por su amable atención.
No hay comentarios:
Publicar un comentario